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27 de enero de 2009

Y si viajamos en el Trencito?

Mi familia es una familia de ferroviarios. Tanto de parte de mi madre, como la de mi padre.
El tren ha estado en mi vida desde que nací, hasta que alguien en mi país con menos de dos neuronas rompiera todo…pero este no es momento , ni lugar.
En mi provincia existió un ferrocarril zonal, llamado Ferrocarril Económico. De este ferrocarril me había hablado mi madre, pero también mi padre ya que su papá, es decir mi abuelo, había trabajado allí. Este trencito, dio mucho que hablar y tiene muchísimas historias, ya que al ser de trocha angosta…muy angosta…era muy gracioso.
Era tirado con máquinas a vapor y sus vagones eran de madera. Uno de ellos está como una muda reliquia en un parque infantil de mi ciudad.
Este Ferrocarril era usado para transportar la caña de azúcar desde las plantaciones hasta el Ingenio que hace muchos años atrás existía en mi querida provincia. Recorria muchas localidades de la provincia, desde Santa Ana de los Guácaras hasta la Capital.
Ahora leo en uno de los diarios que va a ser nuevamente puesto en marcha como atracción turística, creo que es una MUY BUENA decisión.
Al leer esto, recordé que hace unos años compré unos libros de autores correntinos, entre los que está uno titulado “Dos mas Tres” de Carlos Gordiola Niella, un escritor de mi provincia que viviera la época del Económico y le cantara en una poesía que dice así:


Romance del Ferrocarril Económico

-Maniseros tan temprano
en la Plaza Libertad?
-Oiga amigo, no confunda,
es el tren que se nos va.
-Es verdad! ¡Lo perderemos
si no corremos detrás!
-Conocido el forastero.
No se me apure y verá:
Al pasar por las barreras
ya lo podremos tomar.
Diez kilómetros por hora,
crujidos de aquí y alla,
por las ondulantes vías,
avanza el convoy sin par.
Se quejan viejos vagones
de la gran velocidad.
Tres cuartas tiene la trocha,
poco sostén, es verdad,
y en cada bache parece
que estuviera por volcar.
Mas, aprendió a equilibrarse
cinco lustritos hará.
Sin embargo eso no impide,
a veces, descarrilar,
pero ¿Quién repara en esa
tan pequeña nimiedad?
Marcha orgulloso el meccano
blasón gubernamental.
Más maletas que viajeros
y estos con pase oficial,
que se puede viajar gratis
si en la situación se está.
Ya se avistaron las torres
de San Luis del Palmar.
Una valija traviesa
baja una calva a besar:
un denuesto, condolencias
y entra al árnica a danzar.
Las trece. Por fin Herlitzca.
Es hora, pues, de almorzar.
Como brilla por su ausencia
el comedor, cada cual
desenfunda lo que trajo
y se pone a masticar.
Charlas, risas, ya en el coche
se hace vida familiar.
La digestión y el verano
dejan los ojos cerrar.
Más de uno con chichones
se ha encontrado al despertar.
Ya entramos en las Mayolas
y que crecidas están.
Sube el agua. En los asientos
pies y valijas a alzar:
tres acuosos cuartos de hora
que pasan sin novedad.
Florecen las contusiones
del bamboleo ala compás.
De pronto un vagon no quiere
por las vías continuar,
pero el crik en un instante
se encarga de encarrilar.
Son tan livianos los trastos
que bien se puede jactar.
Despues de pasar Cerrudo
quiere un saco desertar:
un tiro y el tren spera
vuelva el saco a su lugar.
Con la noche llega a Lomas
sin mayor contrariedad.
Dos farolillos procuran
a las sombras desterrar:
el kerosén es del bueno
con olor, humo y demás…
Se armo una mesa de truco…
alguien intenta cantar…
Chillan los bujes clamando
estopa y grasa a rabiar.
Las veinticuatro. ¡Ya estamos
cerca de General Paz!
Gran suerte porque otras veces
amaneció sin llegar.
El cansancio del viaje
que anula la voluntad
desaparece a las luces
de la estación terminal.
Bullicio fugaz y grato
en el anden provincial.
Los autos, entumecidos
después de tanto esperar,
se llevan por fin su carga
a la dormida ciudad.
¡Treinta leguas en veinte horas!
¡Económico sin par!
Baluarte que el pasado
no se resigna a entregar


Carlos Gordiola Niella